Venecia, ¡como ella, ninguna!
16
Dic

Venecia, ¡como ella, ninguna!

Hay pocos lugares en el mundo que no necesiten presentaciones. La magia que los envuelve es sencillamente tan cautivadora que ninguna palabra sería capaz de contener tanta hermosura. Con este pensamiento, hoy dejamos que nuestra mirada se pierda en la inmensidad de Venecia. Un lugar extraordinariamente único que solo puede ser contado con sus números: 455 puentes de piedra y madera que conectan callejuelas suspendidas sobre cursos de agua, 119 islas que componen un micro archipiélago lleno de encanto y un único majestuoso canal que domina la ciudad, el famoso Gran Canal.

La capital del Véneto se extiende, en efecto, sobre una serie de islas que emergen de una amplia laguna situada entre la tierra firme y el mar abierto. Geográficamente ubicada en el noreste de Italia, Venecia, abraza el mar Adriático hasta la desembocadura de dos importantes ríos: al sur, el llamado Po, y al norte, el río Piave.

La fundación de joya arquitectónica, declarada patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se hace resalir al año 421. En aquel tiempo, los habitantes del Véneto, expulsados por los ostrogodos y los lombardos, se refugiaron en estas tierras pantanosas sobre las cuales se vieron obligados a construir palafitos en dónde vivir. Estos palafitos, poco a poco, fueron aumentando hasta convertirse en una espectacular ciudad que ha hecho de la convivencia sobre el agua la esencia de su belleza.

Como ya hemos tenido modo de recordar en otras ocasiones, antiguamente, Venecia gozaba de un prestigio indescriptible, contando en su poder con el dominio del comercio de las sedas y las especias de Constantinopla y de Alejandría. A esta supremacía comercial, había también que sumar la autoridad ejercitada sobre el tráfico de esclavos, madera, pez de Dalmacia y hierro de los Alpes. Uno de los negocios más productivos, en efecto, era la compra de esclavos procedentes del sur de Rusia, que luego venían vendidos en el norte de África; así como intercambiaba con Europa los que compraba en Alejandría y en Turquía.

A testimonio de su enorme autoridad, en el año 1284, fue acuñada una moneda de oro, el Ducado, que permanecería durante tres siglos como uno de los patrones monetario del mundo, junto al florín florentino. Este carácter tan predominante quedó patente incluso en la estructura política sobre la cual los venecianos decidieron fundar su República. Esta, en efecto, desde el primer momento de su formación, decidió evitar que un solo hombre, el Dux, detuviera todo el poder. Por esta razón, las familias facultosas de la ciudad, establecieron una forma de gobierno de tipo republicano, imponiendo, en el 1177, el Gran Consejo compuesto por miembros elegidos entre las familias de la nobleza, al que seguiría el Consejo Menor, compuesto por seis miembros asesores del Dux y la Quarantia, como Tribunal Supremo. En 1223, estas instituciones se combinaron con la Signoría, formada por el Dux, El Consejo Menor y los tres dirigentes de la Quarantia.

Así, pues, en 1410, Venecia controlaba la mayor parte de la región, incluyendo ciudades como Verona y Padua, alcanzando más tarde a Brescia y Bérgamo. El mar Adriático se convirtió, de esta manera, en el “mar veneciano” cuyo poder se extendía hasta tierras lejanas como Chipre. Si la conquista de Constantinopla fue el inicio del apogeo, su pérdida, ocurrida en el 1453 a manos de los turcos, marcó la vertiginosa caída de Venecia. A esto hubo que sumar el descubrimiento de las Américas, evento que contribuyó a desplazar los tráficos comerciales y, por si esto ya no hubiese sido suficiente, la oleada de peste que alcanzó la ciudad en el 1630 acabó con un tercio de la población veneciana. El declive, pues, que estaba protagonizando Venecia había alcanzado un punto de no regreso, una situación que los Habsburgo no quisieron desaprovechar de cara al potenciamiento del Puerto de Trieste, en contra de los intereses venecianos.

En el 1797, Napoleón Bonaparte intentó aliarse con la República Veneciana pero esta se negó y la venganza del condotiero francés se descargó poniendo fin a trece siglos de independencia. Así, pues, fue mediante la firma del tratado de Campoformio, estipulada el 18 de octubre de 1797, cuando Napoleón cedió Venecia a los austriacos.

En esta circunstancia, Italia quedó por primera vez políticamente unificada bajo el dominio de Napoleón y por tratarse de un poder extranjero se desarrolló un alto sentimiento nacionalista. Derrotado el condotiero francés, el Congreso de Viena restableció el estatus político previo a la Revolución. Así, con el tratado de Viena del 1866, se restableció la paz entre Italia y Austria y esta última, a cambio de una conspicua indemnización, decidió renunciar a la ciudad.

Como es fácil intuir, la historia veneciana ha propiciado que la ciudad posea un riquísimo patrimonio arquitectónico y cultural, cuyas visitas requieren un desplazamiento un tanto singular. Aquí, es común toparse con góndolas, que representan el transporte más amado por los turistas de medio mundo y que, tradicionalmente, vienen utilizadas para todo tipo de actividades, incluidos bodas y funerales. Además de estas, encontramos vaporetti, traghetti (lanchas de motor) y todo tipo de embarcaciones fluviales que facilitan la comunicación con la ciudad. Imprescindible, en este sentido, resulta el desplazamiento hacía la Plaza de San Marcos. Considerada por Napoleón Bonaparte como la más bella de Europa, es el único espacio de la ciudad que recibe el nombre de plaza, puesto que las demás son denominadas como campielli. Este magnífico lugar está dominado por la Basílica, el Palacio Ducal y el Campanario de la Basílica, desde donde se señalaban la llegada de los barcos así como los incendios. Además de éstos, alrededor de esta plaza se levantan algunos de los edificios más emblemáticos de la ciudad: el Gran Canal, la Torre del Reloj de San Marcos, la Logetta y la Biblioteca Marciana, por nombrar algunos.

A todo esto, hay que añadir que Venecia cuenta con algunas especialidades locales muy apreciadas por lo italianos. Lo que consumen con más facilidad son los famosos cicchetti, que podemos considerar algo similar a nuestros pinchos y que suelen acompañarse con una copa de vino o bien con el aperitivo típico, llamado Spritz. También destacan los risottos con cigalas y seppia o el risi e bisi, elaborados a base de arroz con guisantes y panceta frita. También muy sabrosos son los bigoli, un tipo de pasta integral típica de la zona de Véneto, larga como los spaghetti pero más gorda y que se sirve con una salsa de anchoas y cebolla. Además de platos a base de pescados y carne, muy típico es el hígado de ternera tierno, cortado en pequeños trozos, frito con cebollas, aceite y mantequilla y servido con polenta. Y para terminar, ¡tiramisú!

Como comentado anteriormente, existen un par de versiones sobre los orígenes de este postre: algunos dicen que su historia remonta a la época del Renacimiento, cuando las mujeres venecianas lo daban de comer a sus maridos como un remedio afrodisiaco. Otros, en cambio, creen que los habitantes de la corte comían el “tiramisù” para que el descanso nocturno les sentara mejor.
Para seguir averiguando más detalles y curiosidades sobre este extraordinario lugar, nosotros nos quedamos aquí! Aún nos quedan muchas cosas por contar, vivir y comer..

Saluti da Venezia!

45.4408474, 12.3155151

Venecia

Venecia es una ciudad ubicada en el noreste de Italia. Es también la capital de la región véneta y de la provincia de Venecia. Su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se encuentra situado en el conjunto de las islas más grandes de la laguna de Venecia en el norte del mar Adriático. La ciudad está construida sobre un archipiélago de 118 pequeñas islas unidas entre sí por 455 puentes, si incluimos las islas de Murano y Burano.

Población: 270.884 hab.

Superficie: 414,6 kmª